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No estaba buscando mi lugar, estaba buscando coherencia

  • Foto del escritor: Araceli Alvarez
    Araceli Alvarez
  • 2 jun
  • 3 min de lectura


Durante gran parte de mi vida pensé que estaba buscando mi lugar.


Creí que mi incomodidad venía de no encajar. De no sentirme completamente aceptada. De no ser vista de la manera en que necesitaba.


Y durante mucho tiempo intenté resolver esa sensación buscando afuera.

  • Busqué pertenecer.

  • Busqué reconocimiento.

  • Busqué relaciones donde sentirme importante.

  • Busqué espacios donde finalmente pudiera sentir que encajaba.

Sin embargo, por más que lo intentaba, siempre había algo dentro de mí que seguía sintiéndose incómodo.

Y durante años interpreté esa incomodidad de una sola manera:


  • Debe haber algo malo en mí.

  • Pensaba que si no lograba sentirme completamente en paz en ciertos lugares, relaciones o dinámicas, era porque me faltaba algo.

  • Más seguridad.

  • Más confianza.

  • Más experiencia.

  • Más valor.


Pero con el tiempo descubrí algo que cambió profundamente mi manera de verme.


  • Quizá el problema nunca fue que yo no encajara.

  • Quizá el problema era que estaba intentando pertenecer en espacios que no estaban alineados conmigo.


Y esa diferencia lo cambia todo.

Porque una cosa es sentirse rechazada. Y otra muy distinta es darse cuenta de que lo que duele es permanecer en lugares que no honran quién eres.

Durante mucho tiempo:

  • Intenté adaptarme.

  • Intenté entender.

  • Intenté justificar.

  • Intenté quedarme.


Porque culturalmente aprendí que pertenecer era importante.

Que encajar era importante.

Que ser aceptada era importante.


Y sin darme cuenta, fui dejando de hacerme una pregunta fundamental:


¿Este espacio también me hace bien a mí?

Porque la pertenencia sana no consiste únicamente en que otros nos acepten. También implica que nosotros podamos sentirnos auténticos dentro de ese espacio. Y cuando eso no ocurre, algo dentro de nosotros comienza a apagarse.

En mi caso, la señal siempre estuvo ahí.


  • Era esa sensación constante de incomodidad.

  • De incongruencia.

  • De sentir que algo no terminaba de acomodarse.

  • Y durante años pensé que era una herida.

Hoy creo que también eran mis valores intentando hablarme.

Porque cuando observo lo que realmente es importante para mí, encuentro palabras muy claras:

  • Paz.

  • Coherencia.

  • Amor.

  • Empatía.

  • Escucha.

  • Comprensión.

  • Sencillez.

  • Equidad.

  • Autenticidad.

Y cuando esos valores no están presentes, mi alma lo siente.
  • No porque sea complicada.

  • No porque sea exigente.


Sino porque los valores son la forma en que reconocemos lo que está alineado con nuestra esencia.



Por eso hoy entiendo que mi búsqueda nunca fue solamente de identidad. Fue una búsqueda de coherencia.



Quería que lo que pensaba, lo que sentía, lo que creía y la forma en que vivía pudieran caminar en la misma dirección.

Y cuando eso no ocurría, aparecía la sensación de estar perdida.


Lo curioso es que durante años intenté encontrar esa coherencia afuera.


  • En personas.

  • En relaciones.

  • En proyectos.

  • En reconocimiento.


Hasta que poco a poco empecé a descubrir algo distinto.

La coherencia no se encuentra. Se construye.

Se construye cuando dejamos de traicionarnos para pertenecer.

Cuando dejamos de adaptarnos a lugares que ya no representan quienes somos.

Cuando aprendemos a escuchar nuestros valores.

Cuando dejamos de buscar permiso para ocupar espacio.


Y quizá ahí apareció una de las comprensiones más importantes de mi vida.


Yo pensaba que estaba buscando mi lugar.

Pero tal vez mi tarea nunca fue encontrarlo.

Tal vez mi tarea era construirlo. Construir un espacio donde pudiera ser yo.
  • Sin justificarme.

  • Sin explicarme constantemente.

  • Sin intentar convertirme en alguien diferente para sentirme aceptada.

Un espacio donde mi mente y mi corazón pudieran caminar juntos.

Y quizá eso es lo que deseo comunicar hoy con las personas que acompaño.

Porque muchas veces el sufrimiento no viene de no saber quiénes somos. Viene de vivir demasiado tiempo alejados de nuestra propia verdad.

Y cuando comenzamos a regresar a ella, algo cambia.

No necesariamente desaparecen todos los problemas.


Pero aparece una sensación nueva.


  • Una sensación de paz.

  • La paz de saber que ya no estamos intentando encajar.

  • La paz de empezar, por fin, a pertenecernos a nosotros mismos.












 
 
 

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