Cuando empiezas a poner límites
- Araceli Alvarez
- hace 7 horas
- 3 Min. de lectura
Y descubres que no todos saben relacionarse contigo de esa forma.

Hay un momento en la vida en que algo se mueve por dentro.
Es claridad.
Y esa claridad empieza a traducirse en pequeñas frases nuevas:

No puedo ahora.
Eso no me viene bien.
Necesito pensarlo.
Hasta aquí.
Frases simples.
Pero para quien siempre estuvo disponible, son casi revolucionarias.
Durante mucho tiempo tal vez fue natural:
Estar.
Responder.
Resolver.
Adaptarse.
No siempre porque alguien lo exigiera, sino porque así aprendimos a sostener el vínculo.
Desde la teoría de sistemas familiares, Murray Bowen explicaba que cada miembro de una familia ocupa un rol que ayuda a mantener el equilibrio. Cuando uno cambia su posición, el sistema entero se reacomoda. Y ese reacomodo, al inicio, suele sentirse incómodo.
Poner límites no solo cambia una conducta. Cambia el equilibrio.
Hay algo más profundo todavía.
Muchas personas aprendieron muy temprano que su pertenencia estaba ligada a su disponibilidad. Desde la teoría del apego, John Bowlby señalaba que el miedo a perder conexión puede llevarnos a adaptarnos en exceso.

Por eso, cuando aparece el límite, el cuerpo no siempre lo vive como autocuidado.
A veces lo vive como riesgo.
Y ahí aparece la culpa.
Poner límites cuando no estabas acostumbrada/o a hacerlo no se siente ligero.
Se siente extraño.
A veces viene acompañado de duda.
A veces de tensión.
A veces de la sensación de que algo se rompió.
Pero muchas veces no se rompió nada. Solo se movió el lugar que ocupabas.

Desde la investigación sobre autocompasión, Kristin Neff explica que cuidarnos emocionalmente activa un conflicto interno cuando estamos acostumbrados a priorizar a otros.
El cerebro interpreta el autocuidado como una posible amenaza al vínculo.
No es egoísmo. Es un patrón antiguo reajustándose.
Lo difícil no es decir el límite. Lo difícil es sostenerlo cuando el entorno reacciona.
Algunas personas pueden sentirse desconcertadas.
Confundidas.
Molestas.
No necesariamente porque quieran herir. Sino porque estaban acostumbradas/os a otra versión tuya/o.
El límite no es un ataque. Es información.
Herramientas sutiles para sostener el límite sin endurecerte
No son fórmulas. Son pequeñas prácticas internas.
1. Diferenciar límite de rechazo
Antes de dudar de ti, pregúntate:
¿Estoy rechazando a alguien o estoy respetando mi capacidad emocional?
El límite sano protege la relación a largo plazo. El autoabandono la desgasta.
2. Regular la culpa corporal
La culpa no es solo mental. Se siente en el pecho, en el estómago.
Coloca una mano sobre el cuerpo y repite lentamente:
Puedo amar y poner límites al mismo tiempo.
Respira hasta que el cuerpo baje un punto.
3. Recordar que el malestar no siempre es error
Cuando alguien reacciona, no significa que hiciste algo incorrecto.
Significa que la dinámica cambió.
Y todo cambio genera fricción antes de generar estabilidad.
4. Micro-validación interna
En lugar de justificarte excesivamente, prueba con algo más simple:
Hoy esto es lo que puedo ofrecer.
Ni más. Ni menos.
Lo que realmente está ocurriendo
Poner límites cuando siempre estuviste disponible es un movimiento identitario.
Es pasar de:“Estoy para todos” a“También estoy para mí”.
Y ese paso, aunque silencioso, es profundamente maduro.
No siempre se siente cómodo. Pero suele ser profundamente necesario.
Si estás en ese punto, si sientes que algo se está reordenando en tus vínculos, quizá no estés perdiendo conexión.
Quizá estés construyendo una relación más honesta.
Y lo honesto, aunque incomode al principio, termina siendo más estable que lo que se sostiene por agotamiento.





Comentarios